LA PAIVA CORTESANA II

A pesar de que el suceso contado antes fuese la comidilla de París, la Paiva seguía dando fiestas a todo trapo. En una de ellas conoció a un conde prusiano, un tal Henckel de Donnersmarck, riquísimo, influyente en la mayor parte de los gobiernos europeos y, para que no le faltara de nada, amigo del káiser. El conde era un culillo de mal asiento que conocía Europa mejor que su perro el jardín de su casa. Y la tunanta, detrás de él. Hasta que se percató de ella y se prendó amorosamente, lascivamente, de sus carnes de luna pálida. El conde, más perdido que el barco del arroz, le ofreció una renta anual de 1.500.000 francos de oro y fue entonces cuando la Paiva se hizo construir en los Champs Elysées, frente al sitio en que un día dos guardias la descubrieron dormida en un banco de piedra, un faustuoso palacete que, según cuentan, lleva el número 25 del citado paseo. Lujo a mogollón: sedas, mármoles, ónices, grifos con piedras preciosas incrustadas, marfil, maderas exóticas… Y cuando salía de casa, ¿qué, que iba de trapillo? Va a ser que no, porque llevaba joyas valoradas en varios millones que lucía especialmente en la ópera, donde tenía un palco frente al de Napoleón III. ¡La tira, vamos!
Buscó a los guardias de marras, pero, si estaban de servicio como si no, no dieron la cara.
En tiempos de hoy esta fulana hubiera sido un filón al alcance de los programas basura.
Pero la historia se mete por medio. La batalla de Sedan pone fin al Segundo Imperio Francés y comienza una nueva vida, esta vez casándose con el conde. Por cierto, que como regalo de bodas le ofreció un collar de brillantes que perteneció a la emperatriz Eugenia (sí, la nuestra, la de Montijo), que se vio obligada a vender. Ahora la crisis le afecta a todos, menos a políticos y banqueros; pero antes, ya ven, a una emperatriz. Volvamos a lo nuestro. La Paiva puso los ojos en blanco al ver el regalo, y es que recordó en ese instante que, en cierta ocasión, se cruzó con la emperatriz en los pasillos de la Ópera y oyéndola quejarse del calor que hacía, le ofreció su abanico que fue despreciado insolentemente (dura era la pacense). Y mira por dónde, ahora tenía en su poder la joya de la desdeñadora.
Dado que su ambición no tenía límites, quiso abarcar más de la cuenta y… se metió en un charco. La acusaron de actividades de espionaje en contra de Francia (si el agua suena…) y hubo de retirarse a uno de sus castillos en Silesia, donde murió a los 65 años de edad.
Pero la historia no finaliza aquí como debería ser, pues muerto el perro se acabó la rabia.
El conde Henckel casó en segundas nupcias. Su esposa, mosca porque no podía chismorrear en una habitación del castillo que siempre estaba cerrada con llave, se hizo con una copia y abrió. Se desmayó al ver que en un gran depósito de alcohol flotaba el cadáver de la Paiva. Su marido no había podido superar la idea de separarse de la mujer a la que tanto amó.
Hizo de su vida lo que quiso. ¡Y yo con estos pelos!

