LA PAIVA CORTESANA I
Decíamos ayer lo que no era suficiente para satisfacer su ambición.
Así que para codearse con lo más alto de la sociedad, y conseguir las cotas más brillantes, pasaron por su vida otros amantes que iban a cubrir los gastos que las múltiples ganancias de su marido, impetuoso en el amor, no le eran suficientes. Hertz, su marido, emprendió una gira por Estados Unidos con el fin de complacerla, una vez que le entregara la bolsa repleta. En la espera, los amantes se sucedían ininterrumpidamente hasta que se traslada a Londres en busca de un hombre que colmara sus ambiciones y éste fue lord Stanlay. Pero su ambición no tenía límites, y conseguido el lujo y la fastuosidad decidió regresar a París y regularizar su vida. ¿Dónde estaba la vida social, en Baden-Baden? Allí que se fue, allí donde se reunía la aristocracia y las fortunas más grandes de Europa. Un portugués cayó en sus redes, prendidamente enamorado. Fue el marqués Albino Francisco de Paiva que, como era pobre y no contaba con dinero para pasar una noche de amor con ella, le propuso el matrimonio. Se casaron al mes siguiente. A la ceremonia no fueron invitados todos los amantes de ella, dado que la iglesia no estaba capacitada para alojar a tantos.
La sorpresa la tuvo el marqués al día siguiente. La Paiva se dirigió al pobre noble y le espetó:
-Si no me haces tu esposa no te hubieras acostado conmigo. Ya has disfrutado de mi cuerpo y estamos en paz. Te dije que quería una posición social, pero de antemano sabías que soy una puta y no podrás presentarme ante nadie. De manera que vuelve a Portugal que yo seguiré aquí llevando tu nombre y ejerciendo de puta.
El marqués se suicidó por tan pequeña cosa y la Teresa, que se hizo llamar desde entonces la Paiva, se entregó con más ahínco al desenfreno.
Llegó un momento en que se enamoró de uno de sus admiradores y le propuso acostarse con él, pero le dijo:
-Es una lástima que no pueda acostarme contigo porque mi profesión me impide entregarme gratis, pero se me ocurre una idea. Verás, tú me entregas diez mil francos, los quemamos, y de esta manera yo no pierdo mi prestigio ni tú dejas de gozarme.
Así fue. Antes de encamarse quemaron los billetes en una bandeja de plata. Y a la mañana siguiente, el amante, en la despedida y desde la puerta le dijo:
-Amorcito, se me olvidaba decirte que los billetes de anoche eran falsos.
A París le entró la risa.
Mañana veremos cómo esta cortesana, ambiciosa y brillante, llegó a cumplir lo prometido a los guardias que la encontraron durmiendo y harapienta en un banco cercano al Arco del Triunfo.





jotatrujillo dijo
A esta mujer, al menos no se le puede negar coherencia. Obraba sin tapujos y sin engañara a nadie.
Veremos como acaba la historia.
Saludos.
24 Mayo 2010 | 06:22 PM