25 Mayo 2011
La batida venía en avance lento y silente, aguardando el momento de sorprender al indómito animal. De aquel tropel no se oía ni un crujido bajo sus pies ni un roce del ropaje sobre el monte bajo de la loma del Femón. Atrás van quedando los destrozos que el bicho ha hecho, hozando, pisoteando, en los campos de cultivo y en los terrenos vírgenes. En los calveros ha escarbado en la tierra firme y la ha levantado con saña hasta dejarla improductiva. En aquellos campos en los que la cosecha había sido fértil y perdurable año tras año, su paso ha sido como una apisonadora que la ha convertido en légamo inabordable. Ha campado a sus anchas sin que nadie se haya atrevido a cortarle el paso, y de esta manera avanza abandonando y desamparando el solar que creyó ser su patria y su dominio. Pero el animal ventea y entra en sospecha de que es seguido pero no perseguido, y sigue con los desafueros y desmanes a que está acostumbrado. Ahora está refugiado en el monte Femón, pero cuando sale de la guarida holla alquerías, humilla a sus víctimas, abate congéneres y desprecia a semejantes. Sólo respeta las demarcaciones de aquellos que le permiten ser martillo golpeador. Y aún se humilla ante ellos porque le permiten mantener su posición de líder fuera de esos deslindamientos en los que no le está permitida la entrada.
Pero al fin encontraron al bicho, lo cercaron, lo abatieron y lo descuartizaron. Nadie se atrevió a comerlo: olía mal.
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5 Mayo 2011
Me levanto temprano, antes de lo habitual. La ducha, el maquillaje, un desayuno frugal que no me delate, qué modelo me pongo no me quiero repetir, ¡no!, y hoy menos que nunca. El coche, qué fastidio, atascos por todo el recorrido, malas caras, suena “Mojinos escocíos”, vaya por Dios, me equivoque de pendrive y cogí el de mi novio. La lentitud me agobia, me da por pensar: Hacienda no me devuelve; parece ser que los 2000 € del famoso plan Prever hube de declararlos y me reclaman. Con estos pocas bromas. Bromas las de Zapatero que, como siempre, fiel a idearios políticos suyos, habla y no piensa; piensa, pero no promete; promete, pero no cumple. Y la culpa de la derechona, como diría mi admirado Umbral.
Cada vez hay más parados y no sabemos hasta dónde llegará la cifra, los jóvenes ejercemos o nos ofrecen trabajos inferiores a nuestra titulación, o más horas y menos sueldo, y es que los valores... ¿pero quedan valores?
Aparco, se pasó la hora de la entrevista y ya me da igual, me siento en la terraza de un café de Rosales, enciendo un pitillo, me tranquilizo, doy por perdida la mañana, venzo mi tragedia, sonrío al camarero: un cortadito y un vaso con hielo. Es mayo y hace calor.
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30 Octubre 2010

Con la gesta épica de los mineros chilenos nos hemos desayunado muchos días. Ahora la cosa está más en calma y los treinta y tres hombres andan engalgados en una nueva vida, bien merecida por cierto después de los muchos meses que vivieron compartiendo el amargor de la incertidumbre en la sonora soledad de las tripas de la tierra.
Salieron en olor de multitud, nimbados por el patriotismo, estrujados por hombres ebrios de triunfalismo. Y por mujeres con traje de domingo, que para eso las cámaras de televisión se habían afincado en la parcela. Solidaridad en estado puro. Pero como la cualidad épica del hombre que se sobrepone a la adversidad y la vence despierta admiración en la mujer, ocurrió lo que sigue.
Cuando la jaula sacó a la superficie a Barrios, el minero de la cara hecha a cincel, cincuentón, en el ascenso pensó que ese día sería el mejor para descubrirle al mundo que un cuerpo como el suyo cobijaba tanto amor que tuvo que repartirlo entre varias hembras. Y pensó a continuación que a cuál de ellas estrujaría primero, si a la legal u oficial o a la agregada. Un dilema, vaya por Dios. Pero si la historia de la amante y de la esposa llevaba semanas de dimes y diretes, pocos aventuraron que a esta pareja se le sumaría otra más. Esto ya no es un dilema, es un nudo gordiano. Estas tres reclamaban al macho y hasta la mujer del presidente de Chile, conocedora del asunto, había aireado públicamente que le esposa sería recibida en audiencia. Se negó, hizo bien, porque nada se sobrelleva peor que ser reconocida como una cornuda oficial. Quien esto escribe es joven y sin experiencias de este tipo, pues ni casada ni casorios están entre mis preferencias, pero me atrevo a decir que la infidelidad se enjuicia según la experiencia de cada cual. Y así va del perdón a la venganza, y no hay más.
-Perdónale, mujer, el hombre es muy voluble, ya se sabe; en cuanto te descuidas tiran al monte, que es su sino.
-Ni de coña.
El protagonista de esta historia a tres bandas es el paradigma de quienes se instalan en un afecto fraccionado al que no pueden renunciar porque un cuerpo tan lleno de amor, elegir es morir. Johnny Barrios es candela para muchas hogueras.
Yo, particularmente, a este Johnny Barrios le había dado puerta hace siglos.
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28 Agosto 2010

Sheyla Hershey
De eso hablábamos ayer.
¿Qué clase de tetas encienden más? Porque no es lo mismo exhibir tetas proporcionadas como la Venus de Botticelli, o la de Milo, que las tenebrosas y monstruosas de Sheyla Hershey, mejor llamada “Venus de la silicona”, una mujer brasileña que acumula en cada mama tres kilos y medio de silicona y aún quiere más. Si Shakespeare condenó a Lady Macbeth por sus pechos perversos, ¿qué no le hubiera dicho a Sheyla Hershey, esta brasileña monumental? Shakespeare no sé, pero yo ni entro ni salgo en este juego de volúmenes, allá cada una con lo que tiene o con lo que finge. Yo no quiero escurrir el bulto y alguno avispado, si tengo la suerte de que me lea, querrá que me retrate y diga cómo son mis pechos. Pues ni son como los de Anita Ekberg, exultantes y desmedidos sin llegar a los de la brasileña, ni como los de Victoria Vera, dos limoncitos que caben en la mano de un niño, y aún así me cuentan que desestabilizó la hipocresía de los españoles. Eran o son algo así como la manera de referirse a los pechos de su amada en El Cantar de los Cantares: “dos cabritillos mellizos” y juguetones. Por cierto que la Ekbert está encantadora en la película “La dolce vita”, y el Mastroianni, de los más sabroso. Con este tipo soñaba yo de niña, por eso me pongo su película de vez en cuando para desahogarme si la soledad me persigue.


Con los hombres con los que me he tropezado en la vida, mis pechos han sido la primicia de la mirada, será que son los justos o los gustos de tamaño y rumbean a babor, nada de flaccidez, mis años y mis pocos masajes los han mantenido con buena salud. También han sido el umbral del tacto, y en torno a su turgencia el macho, trasteando en esa delicada zona donde la caricia descube el milagro de la transustanciación y el éxtasis, todo macho, repito, ha edificado una teología de la libertad y una filosofía del erotismo. Me consta que son más apreciados los pechos en los que sobra mano que los pequeños y firmes huéspedes de la mano.
Aunque por lo que me habla en intimidad mi amiga Acacia, que las tiene de puño, deduzco que lo irrenunciable para un hombre es el canalillo de las tetas, que es el júbilo de la vida y donde se inicia el misterio.
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2 Agosto 2010
A los hombres les ponen las tetas y no como elemento nutricio y maternal como apuntan los psicoanalistas, no; sino como razón de pecado. Así al menos lo predican curas, teólogos y demás inquisidores. Cosa de la cultura y de la moral. Y no hay más opiniones que esas dos, se diga lo que se diga. Una teta es una teta y dos tetas son el delirio del hombre. Son su paraíso. Y es verdad, yo al menos estoy convencida, de que en todo hombre Sin tetas no hay paraíso. Aquí Dios estuvo muy afortunado al decidir sobre el equilibrio anatómico humano y se esmeró lo suyo tanto en el hombre como en la mujer. Creyó que dos eran suficientes para nosotras porque como ya sabía que iba a terminar siendo un motivo de pecado, sobrado iba el macho con transgredir la ley en sus magnitudes potentes de pasión y de exaltación de la autoestima. Si nos hubiera favorecido con tres o con cuatro, el pecado se habría fortalecido en su dimensión y además se hubiera desnivelado el mundo humano, pues a nosotras nos habría creado más desarrolladas, el torso más acrecentado y las caderas más salientes, aptas para alojar posiblemente tres criaturas, una para cada teta. Pero aún luciendo un aspecto de friki, a nosotras se nos da bien maquillar lo externo y con unos coloretes y unos trapitos, nuestro problema está solucionado. El que lo tendría crudo sería el hombre como ser sociable y como macho. Porque, a ver, si nosotras nacemos con tres tetas el macho debería salir del útero braceando, cosa que duele, y con tres manos, y a nadie se le oculta que ahora si él tiene dos manos es porque nosotras lucimos dos tetas, pespunte a considerar para la conquista. Y en la vida social y laboral, ni te cuento. Una mano más equivaldría a un tercio más de trabajo y a un tercio menos de jornal (las empresas ya se sabe lo rácanas que son a la hora de asalariar). ¿Con qué manos conduciría: dos para el volante y una para el móvil? Multa segura. ¿Existirían los zurdos? Cuando soy yo quien se encarama, ¿qué haría con la otra mano si las dos las tiene ocupadas en mis nalgas? Las leyes serían más severas, en un atraco a un banco el talego del botín sería más gordo. Y cosas así, de manera que cada una en su vida se imagine lo que quiera o lo que le guste. Por eso creo, de verdad, que estamos bien como estamos y que Dios fue un adelantado de su época al crearnos como somos y dejar para los demás animales o menos de dos o más de dos tetas.
Otra cuestión a debatir es qué clase de tetas…, pero lo dejaremos para más tarde, no es bueno dormir al lector.
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15 Julio 2010

A mi amigo Abel, el carnicero, le ponen las mujeres gordas; pero no todas, sólo las jóvenes. Pero gordas. Lo sé por cómo mira a la clientela y cómo les habla cosas insinuantes a las de más de ochenta kilos. Cuando toca despacharme a mí y soy la última, le digo:
-Qué rollo tienes y qué mal gusto el tuyo. ¿No ves que la barriga de esa le cuelga en una catarata de carne fofa y que sus muslos no los puede cerrar?
Me mira con desprecio, diría yo, y poniendo los ojos en blanco va y me dice:
- ¿Desde cuándo la lujuria lleva adjetivos, y para qué quiero yo los muslos cerrados?
Realmente, Abel es un tío majo y joven que se llevaría de calle a la que pretendiera. Incluso a mí, pero como soy normal de cuerpo, equilibrado por mis dietas y mi deporte, sé que aquí con él nada tengo qué hacer. A mí lo único que me ha cogido es la confianza, que cuando me ve se anima y me cuenta sus conquistas, me habla de sus preferencias por las gordas no sin cierto reparo porque se ve un incomprendido dentro de una generación a la última que se bebe los vientos por las flacas de piernas interminables. No sé si esta obsesión del sexo por las gordas será pecado, me apunta con cierto temor, si hasta la vaca la veo troceada y se me cae la baba de gusto.
- Tranquilízate, Abel, la Iglesia tiene un problema muy gordo con los límites y no sabe a ciencia cierta cuándo es grande o pequeño el pecado, ni siquiera si es pecado; así que tú puedes seguir haciendo de las tuyas y manoseando a placer los cuartos traseros de la vaca.

En la cabecera de su cama figura una copia de “Las tres gracias” de Rubens. Cuando se acuesta se encomienda a ellas, cuando se levanta, también, y cuando entra en casa la primera visita que hace, aún con las llaves en la mano, es a ellas. Y encima de la cómoda ha colocado una foto de Star Treck, un regalo que le trajo un amigo de Los Ángeles, conocedor de sus gustos, que la levanta y besa una por una a las cinco modelos. Todo esto me lo ha contado él, que yo eso de subir a pisos de solteros, nada de nada. Me despertó una noche para decirme que había visto en la tele a la mujer más hermosa jamás conocida, una norteamericana de casi trescientos kilos, y que qué se podía hacer para contactar con ella.
- Estás loco Abel. Tómate tu tranquilicitón y duerme a placer. Mañana verás la cosa de otra manera. Y colgué sin esperar a más. ¡Lástima de hombres!
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29 Junio 2010
ESTA NOCHE...
¡QUE NO PASEEEEEEEEEE!

¡QUE PASEEEEEEEEEEN!
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21 Junio 2010

El gran novelista francés Marcel Proust, autor de "En busca del tiempo perdido", acostumbraba pasar largas horas de su tiempo en el Ritz de París. Se cuenta que era rumboso en las propinas. Un día, al salir de la plaza Vendome, se percató que había gastado todo el dinero que llevaba. Y se dirigió al portero:
-¿Podría prestarme cincuenta francos?
-Naturalmente señor. Tenga.
-Guárdelos, guárdelos. ¡Se los pedía para dárselos a usted!
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